Berciana por amor.

Esta entrada era absolutamente necesaria. Ya empezaba a ser urgente, pero sobre todo es necesaria. El Bierzo, esa parte de la tierra que me ha dejado boquiabierta, esa parte del mundo en la que todo está en sintonía y parece un isla de paz en medio del caos. Sin duda, un lugar para escapar y disfrutar. Sus paisajes, su olor, su sabor…SU GENTE.

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Me resulta curioso incluso a mí que siendo asturiana no conociese El Bierzo. A mis 32 por fín puedo decir que le dediqué una escapada, que ya iba siendo hora, y pude comprobar que todo lo que había escuchado era cierto: se puede saborear con sólo respirar.Mi visita fue breve, me queda mucho Bierzo por conocer, y prometo que buscaré el hueco para hacerlo. Cómo no hacerlo, si el Bierzo engancha de esa manera…

El olor de los pimientos asados salía de la casa de Tensi y Avelino agarrándome por la nariz y guiándome hasta ellos. Así fue como los conocí, en su casa de Rimor, a pocos kilómetros de Ponferrada. No dudé en llevarme alguna foto del proceso de limpiado de los pimientos, algún tarro que otro para saborearlos en Asturias y un buen puñao de tomates que me regalaron. Dos personas entrañables, nos hicieron pasar una rato estupendo.

A Clara Lago la conocí por casualidad. Callejeando por Cacabelos, me pilló fotografiando una ventana. Y ella, que estaba haciendo salsa de tomate, salía a la puerta de su casa a pedir un mechero para encender los fogones. Hice un trato con ella, el permiso para fotografiarla a la puerta de su casa a cambio de un mechero. Lo que iba a ser un intercambio rápido y simple, se convirtió en algo más. Nos invitó a entrar a su casa, nos explicó cómo hacía la salsa de tomate y yo me prometí no olvidarme de su nombre.

La Moncloa de San Lázaro fue otro gran descubrimiento. Un recinto mágico en el que los árboles se visten de invierno (y tengo entendido que también tienen traje de verano), en el que los olores te sacan a bailar, y los detalles más preciosos son las cosas más simples. Sólo me dió tiempo a tomarme un café, pero prometo de veras volver a comer, porque mi olfato me ha dicho que no puedo perdérmelo. Y ha dejado una nota permanente en mi cerebro para que no se me olvide.

La lluvia repentina, la luz que le sigue, las moras, las peras, los higos, los castaños. Las Médulas, sus colores. Los árboles y el embrujo que les rodea, que parece que van a ponerse a hablar en cualquier momento, llenos de vida, cobrando formas imposibles. No puedo explicar mucho más, El Bierzo hay que vivirlo, hay que sentirlo, verlo, comérselo y caminarlo. Y como no, bebérselo trago a trago. Gracias a la Casa Rural Los Cerezos por la botella de vino, no quedó ni una gota.

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