Rozando Finisterre.

Y digo rozando porque fue una visita breve. Creo que todo tiempo se queda pequeño si quiere uno pringarse como Dios manda del magnetismo que desprende este lugar. Una paz sólo comparable a la inmensidad del espacio que nos rodea.
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Me quedé con la miel en los labios. Ver una puesta de sol en Finisterre es querer ver otra más. Es desconectar del mundo y dejarte absorber por el mar, construir una burbuja invisible capaz de aislarte absolutamente de todo lo que no sea el infinito que tienes ante tus ojos. El proceso fue sencillo para mí: una vez que llegas al acantilado te das cuenta de que en cada rincón hay alguien en silencio mirando al infinito. Simplemente buscas un hueco y haces lo mismo que los demás. La sensación es única.

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