Anghiari: La causalidad.

Habéis leído bien, sí. CAUSALIDAD, que no casualidad. Explicar el origen de este viaje es algo complicado. Yo es que no creo mucho en las casualidades, si no en las causalidades, en que todo ocurre (o no ocurre) por una razón. Lo cierto es que después de este viaje aún no me queda muy claro qué artimaña tramaba el destino, pero estoy convencida de que algún día lo entenderé. La cosa, para que me entendais, es que sin tener ni idea hasta unas pocas semanas antes de partir hacia Italia, es que yo acabaría en medio de La Toscana en la casa de la que fuese vecina de mi abuela a miles de kilómetros de allí unos 40 años atrás. De película, no? Pues juro que es verídico. Es una historia que me encanta contar por lo sorprendente, porque cuando empezamos a planear el viaje yo sabía que iba a conocer a la abuela de una amiga (que viajaba con nosotros) que entró en mi vida hace relativamente poco tiempo,  pero no me podía imaginar el resto de la historia. Conchita Quesada, asturiana que emigró a París y de allí a Italia. Sandra del Busto, su nieta y mi amiga,parisina que desde hace unos años vive en Asturias, concretamente a dos portales de la casa de mis padres. A mí que no me digan que no es una historia para contar…De una manera u otra, el caso es que este viaje comienza a vivirse aquí, en Anghiari, pueblo toscano en el que dejé un trocito de mi corazón.

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Anghiari es un pueblo de apenas 6000 habitantes en la provincia de Arezzo, en La Toscana. Pequeñito pero maravilloso, simplemente enamora con sus cuestas empedradas, sus rincones llenos de flores, sus ventanas plagadas de detalles. Caminar por sus callejuelas es como recorrer el interior de un laberinto pintando al óleo, que huele a trufa y que suena a paz. La artesanía es una norma, y los talleres en los que somar la nariz a husmear son cuantiosos, con sus puertas abiertas de par en par. Y al otro lado, una sonrisa te recibe.  Cada rincón invita a ser retratado, capturado para siempre en un intento no del todo logrado por retener un poco de esa armonía. Respecto a la comida, es un manjar independientemente de lo que decidas pedir. El vino, reparador, vivificante desde el primer sorbo. Todo en Anghiari es como una melodia repleta de cadencia, de equilibrio.  Recuerdo con especial énfasis una noche en la que Anghiari se vestía de fiesta, y en la plaza del pueblo diversas parejas se movían a ritmo de tango con ese tema que me pone los pelos de punta de puro placer: Por una cabeza. Creo que fue uno de los momentos más intensos del viaje, no pude evitar llevarme un pedacito de aquel instante. Los océanos de girasoles que pueblan La Toscana en pleno Agosto son otro de los tesoros que me traje a casa, pero para verlos aún tendréis que esperar un poco…por el momento sólo os voy a mostrar las plantaciones de tabaco, entre las que no me resistí a nadar un poquito.

No se puede explicar en su totalidad la maravilla de este lugar.  Disfruto haciéndolo con la palabra, pero ya sabéis que prefiero hacerlo a través de mis fotos, así que aquí os dejo unos pestañeos de este paraíso en medio de la tierra. Disfrutadlos! =)

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